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Queda mucho por hacer para detener el declive de Zimbabue

Piers Pigou, Esglobal  |   5 Nov 2014

Un año después de la victoria en las elecciones de la Unión Nacional Africana de Zimbabue- Frente Patriótico (ZANU-PF, en sus siglas en inglés) y de la formación de un nuevo gobierno, la política y la economía de Zimbabue son cada vez más precarias. Las perspectivas inmediatas de una recuperación sostenida siguen siendo malas, empeoradas por el alarmante declive económico, los fracasos endémicos en materia de gobernanza y la tensión generada por la sucesión en el partido en el poder.

El Acuerdo Político Global (GPA, en sus siglas en ingles) tenía el propósito de proporcionar el espacio necesario para colocar los cimientos de la revitalización del país. Sin embargo, algunos elementos clave del marco del GPA se dejaron sin definir, y lo que comenzó el anterior gobierno de unidad nacional no ha sido consolidado por la nueva administración. Sin reformas políticas y económicas de gran calado, el país podría acabar siendo un Estado fallido.

Y en lugar de dedicarse a abordar los problemas del descompuesto tejido social y económico del país, tanto el partido gobernante como la oposición están enredados en luchas de poder internas. El ZANU (PF) continúa sacando a relucir la cada vez más trillada explicación de que las sanciones occidentales son las responsables fundamentales de sus desgracias, y de que el futuro económico pasa por desarrollar relaciones con aliados como China y Rusia. Al mismo tiempo, continúa con sus esfuerzos por resucitar las relaciones con las instituciones financieras internacionales, ya que persiste en su desesperado intento de aliviar sus restricciones de liquidez.

Esta no es, por supuesto, una situación de “o esto o lo otro”, y la recuperación de Zimbabue exige un compromiso constructivo en todos los frentes. Irónicamente, es el apoyo occidental durante los últimos quince años lo que ha evitado un gran desastre humanitario.

El país tiene todavía la capacidad de hacer reformas y prevenir un mayor deterioro, pero no ha sido capaz de demostrar la voluntad política de hacerlo. Seguirá teniendo dificultades si no puede generar confianza activamente en toda una variedad de frentes, incluyendo compromisos tangibles de una mayor coherencia en sus políticas, mejora de la gobernanza, acatamiento del imperio de la ley, rendición de cuentas y claridad en la sucesión en el liderazgo del ZANU (PF).

La inseguridad política y económica se ve agravada por las crecientes tensiones creadas por el enredo de la sucesión, que se ha complicado aún más con la entrada de la primera dama, Grace Mugabe, en la arena política. La declaración del presidente Robert Mugabe como candidato del partido para las elecciones de 2018, en las que tendrá 94 años, no contribuirá mucho a calmar la preocupación, y el ZANU (PF) debería aprovechar su congreso de diciembre para decidir quién le sustituirá en caso de que se viera incapacitado o decidiera no presentarse a la reelección en 2018.

Además, aún quedan interrogantes sobre la victoria electoral de Mugabe en 2013, que no aseguró una legitimidad de amplia base para el nuevo gobierno. Deben abordarse procesos clave y preocupaciones institucionales para evitar una repetición de este tipo de preocupaciones en 2018. Es necesaria una respuesta inequívoca y concreta a las cuestiones planteadas por la Comunidad de Desarrollo del África Meridional y las misiones de observadores de la Unión Africana. El reciente informe de la Comisión Electoral de Zimbabue sobre las elecciones y la incapacidad de este organismo para ofrecer una copia electrónica de la lista de votantes solo sirve para reforzar la percepción de parcialidad institucional. Estos problemas no van a desaparecer solo por que sean ignorados.

ZANU (PF) es el principal responsable de hacer los esfuerzos necesarios para reconstruir la confianza y la colaboración con grupos nacionales e internacionales. Este reto requiere un esfuerzo colectivo apuntalado en un diálogo nacional inclusivo con la oposición y la sociedad civil sobre las prioridades de reforma política, social y económica; y aclarar y actuar en áreas políticas clave, como la indigenización, la reforma agraria, el Estado de Derecho y la lucha contra la corrupción.

La oposición al ZANU (PF) se ha debilitado, el Movimiento para el Cambio Democrático y otros partidos opositores han quedado marginados, su prestigio entre los actores internacionales como conductos para la recuperación está gravemente dañado y las perspectivas de un programa de oposición común son remotas. Su inclusión en la definición del camino por el que avanzar es, sin embargo, vital, a pesar de que el ZANU (PF) ha mostrado poca inclinación a participar.

Zimbabue es un Estado fallido e insolvente; su política, de suma cero; sus instituciones, en proceso de vaciamiento; y su economía, antaño vibrante, moribunda. Se necesita un cambio cultural importante entre las élites políticas, así como un compromiso con los intereses nacionales por encima de los partidistas y personales. La comunidad internacional, en Oriente y Occidente, debe explorar un terreno común para fomentar un clima de recuperación económica y coherencia política. El Gobierno debe demostrar que es un socio fiable. La situación no es sostenible y el residuo tóxico de la decadencia de Zimbabue impregna la región, obstaculizando aún más la integración y el desarrollo.

 
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