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Luchando las guerras digitales del futuro

Ed Williams, Política Exterior  |   16 Jun 2016

Imagine un mundo en el cual un predicador extremista sentado en el desierto de Siria pueda predicar su odio a cinco millones de potenciales reclutas de manera simultánea. A través de la realidad virtual, los potenciales yihadistas podrían sentir el viento y la sequedad del purificante desierto en su piel, con la retórica de la gloria en este mundo o el siguiente.

Considere un tiempo donde no haya dinero en efectivo y las inversiones merodeen a través de las fronteras, sin poder rastrearse, financiando células terroristas en cualquier lugar. Las fuerzas malévolas podrían piratear su casa desde su ordenador e incluso televisor. Los ciberterroristas pueden piratear coches sin conductor para crear un gran número de víctimas.

Estos escenarios no son tan lejanos; algunos están con nosotros hoy día. Se sabe que el Estado Islámico(EI) experimenta con sus propios coches sin conductor. Ya utilizan las redes sociales y canales digitales para reclutar, publicitar e intimidar. EI ha aprovechado la guerra digital de una forma más efectiva que cualquier otro grupo terrorista anterior.

De forma incremental durante la década anterior, las guerras se han luchado tanto de forma online como offline. Esta tendencia no hará otra cosa que crecer debido a la velocidad del cambio tecnológico y el acceso cada vez más fácil a un mundo más contraído.

A esto hay que añadirle la posibilidad de que se eleven los niveles de desempleo causados por la automatización en la “cuarta era industrial”, acompañada por el crecimiento de la ira y la alienación, que creará un hervidero letal del que podemos esperar que emerjan crisis futuras.

Durante los próximos veinte años, la capacidad de los grupos terroristas para avivar el miedo, inspirar al reclutamiento y generar caos solo estará limitada por su creatividad. La tecnología será central en las futuras crisis globales. Los terroristas y los Estados agresivos verán el potencial de la tecnología para ofrecer armas de destrucción masiva asequibles y alcanzables.

En la actualidad, piratas informáticos de quince años pueden requisar millones de ordenadores desde sus habitaciones oscuras, haciendo caer a empresas y violentando la competencia de y la confianza en los gobiernos. Algunas de estas personas son parte de un movimiento global de hacking conducido por una resistencia contra-cultural anticuada. Vivimos en una era “post-verdad” cada vez más ruidosa, dónde jóvenes hackers consideran los negocios como algo malo, a los gobiernos como corruptos y la “casa” –así ven ellos los excesos del juego de los mercados globales de capitales, como un casino– sesgada hacia el 1% más rico de la población.

Tecnología y terror

El poder de la informática está creciendo tan rápido y las herramientas de pirateo son tan fáciles de encontrar que este movimiento supone un riesgo muy real a la futura estabilidad. Si sigue siendo cierto que este poder se duplica cada dos años, entonces en veinte años nuestras actuales capacidades tecnológicas serán 8.000 veces más potentes. La criptografía tendrá mayor magnitud, mucho más difícil de romper. Las mismas herramientas que protegen nuestra seguridad también serán una amenaza real.

Los grupos terroristas aumentarán estas tendencias también. Desde primera línea, veremos una mayor sofisticación del uso de las redes sociales, la manifestación visible de la tecnología como arma de terror.

Las herramientas de marketing que las marcas usan para “contar historias” serán cada vez más utilizadas por organizaciones extremistas. La comunicación adoptará un formato mucho más rico visualmente, con vídeos e imágenes, usados para expandir el miedo y presumir de los éxitos. Los mensajes podrán estar dirigidos a las redes sociales, buscando individuos o grupos vulnerables o intimidando a los políticos directamente. En una publicidad dirigida paralela, los grupos terroristas derribarán audiencias y enviarán mensajes específicos hechos a medida. Igual que las organizaciones de comunicación, se moverán desde la divulgación a la difusión selectiva.

Una bandera negra volando en la web pública del departamento de Estado de Estados Unidos no es más que una simple demostración. En octubre, un joven de Kosovo fue arrestado en Malasia por cargos de robo de datos personales de más de 1.000 militares estadounidenses y empleados federales y la entrega de esa información al EI para emplearla en ataques dirigidos. Es probable que incidentes de este tipo se vuelvan mucho más comunes.

Mientras tanto, detrás del escenario dominará la comunicación cifrada y las monedas digitales. La “cartera negra” y los libros de cuentas financieros fueron inventado por las instituciones financieras para facilitar las flujos de capital y proteger la privacidad. Sin embargo, la criptografía usada para crear estos productos podría permitir a los grupos terroristas sortear la vigilancia estatal.

En veinte años, cuando muchos países estén sin dinero, los grupos relativamente poco sofisticados serán capaces de realizar contrabando de dinero con facilidad. Nadie conoce aún los riesgos que esto podría presentar para los mercados de capitales, las instituciones financieras y la economía global.

En cuanto al hardware, los avances tecnológicos –robótica o inteligencia artificial– son armas potenciales que podrían ser usadas para provocar conflictos. La realidad virtual y aumentada ofrece las herramientas más potentes de reclutamiento o intimidación que el mundo haya visto jamás.

Dentro de cinco años, la mayoría de los niños de naciones industrializadas tendrán alguna forma de realidad virtual (VR) en sus habitaciones. La poderosa inmediatez de la VR puede ser utilizada por grupos como EI para atraer seguidores y sumergirlos en su versión pervertida del mundo. La experiencia será más impactante y más intoxicante para aquellos vulnerables al mensaje.

Una experiencia sensorial completamente envolvente dará lugar a una asimilación más rápida de la información, una ayuda para las organizaciones que buscan reclutas a través del lavado de cerebro. El nervio óptico procesa datos a ocho megabits por segundo. Pero solo usamos una fracción de esto, un kilobit por segundo, cuando estamos leyendo en la pantalla.

Con la RV, los conversos no vendrán de prisiones o mezquitas, sino de los dormitorios.

Desempleo y descontento

Por supuesto, la tecnología es un habilitador; cuando se trata de terrorismo, es el ser humano lo que debería preocuparnos. Esta es la clave del mayor riesgo al que nos enfrentamos al pensar el las crisis del futuro: millones de personas privadas de derechos, descontentas, sin empleo y enojadas por la creciente brecha de oportunidades entre los súper ricos y todos los demás. La primavera árabe bebieron de este descontento, y los principales conflictos en los próximos veinte años lo harán también.

Un estudio de 2013 de Michael Osborne y Carl Benedikt Frey, que analizó más de 700 tipos diferentes de trabajo, se encontró que casi el 50% los puestos de trabajo de Estados Unidos estaba en riesgo de ser ocupados por un robot o una computadora. Alrededor de 60 millones de puestos de trabajo. Si los noventa exprimieron el sector intermedio del mercado de trabajo, el futuro exprimirá casi todos los demás, a menos que se trate de un trabajo que implique la interacción personal y directa con otros seres humanos. Surgirán nuevos tipos de puestos de trabajo, pero muchos economistas predicen que la participación del gobierno en el PIB tendrá que aumentar para sufragar el Estado del bienestar a medida que aumenta el desempleo.

El capital aumenta en términos del PIB, mientras el trabajo cae. Esto sucede de manera más dramática en EEUU, donde los beneficios empresariales representan casi el 10% del PIB. Las empresas del futuro serán mucho más como Instagram –que tenía solo trece empleados cuando fue adquirida por Facebook por 1.000 millones de dólares– que como Kodak, cuya plantilla llegó a sumar a 145.000 personas.

El riesgo de trastornos civiles aumentará a medida que un menor número de personas encuentre un empleo gratificante. Grandes grupos de jóvenes sin empleo pero con conocimientos tecnológicos buscarán desquitarse con la sociedad. ¿Cómo vamos a ayudarles? ¿Cómo vamos a desentrañar el idealismo del extremismo violento?

Frente a tal complejidad, cualquier respuesta requerirá una mano sofisticada y sutil para equilibrar las nuevas restricciones con las libertades, en particular el derecho a la libre expresión. Hay que prepararse para luchar contra los enemigos de la democracia en el terreno digital. Pero hay que tener cuidado para evitar hacerles el trabajo mediante la disminución de las libertades en el mundo digital, libertades que generaciones anteriores se ganaron en campos de batalla más sangrientos.

 
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